Más vale cosecha en mano que pájaros rondando

Por: Mayra Alejandra López López

De diciembre a mayo, seis meses en los que en la región Ciénega estado de Jalisco, se siembra y cultiva trigo, periodo en el que, además, se realiza el pajareo, actividad hecha por los “pajareadores”, hombres que velan por el cuidado del trigo  convirtiéndose en espantapájaros por temporada.

Raúl Valdivia, hombre de 40 años, es habitante de Jamay, Jalisco, y hace más de 20 años que su papá le enseñó el oficio del pajareo…

Con el canto grabado de un gallo, sonó la alarma que lo despertó justo a las 5:30 de la mañana, de lunes a domingo no cesará de sonar a la misma hora durante los meses de abril y mayo; era lunes y se puso unas botas ya desgastadas y con las suelas vestidas de lodo que lo esperaban en el suelo, junto a una de las patas de su cama.

Su caminar desvelado comenzó a erguirse con sorbos de café, ya para las seis de la mañana el humo del escape salía como vapor mientras el motor se calentaba, de una camioneta de redilas, verde y vieja. El hombre, inició su viaje con el sol que encandilaba fuertemente el frente de la camioneta y en la parte trasera ya iban viajando: casangas, botas de hule, cuetes, carabinas, hondas y una que otra botella de caguama “para el calor”, como dijera Raúl Valdivia, el protagonista de esta historia…

“Nací en una familia de campesinos, dedicados a labrar y cultivar la tierra”,  tierra, que por débil que parezca, ha sido la base económica de la familia Valdivia por más de tres generaciones.

Un camino pedregoso y angosto abrió paso al campo, ahí donde se marca la frontera entre el pueblo y las parcelas de algunos del mismo, mirar por la ventana hacia afuera se volvió la atracción principal y respirar el aire, de ese, del que aún huele a limpio, se convirtió en la mejor compañía.

Son veinte minutos los que se hacen de camino, quince de ellos donde lo cotidiano deja de serlo un poco, donde los saludos de “buenos días” quedan de lado y los “¡Ucha Vaca!” van sonando al compás de los mugidos de las reses que se cruzan en el camino.

Los burros, patos, toros, caballos, gallinas, chivas, puercos y perros, tampoco dejaron de adornar el trayecto que iba siendo rayado con un hilillo de humo que salía  por la ventanilla  de la carcacha; y cayó, sobre los terrones sueltos, la colilla del cigarro del pajareador en marcha.

Con el volante bien sujeto con ambas manos y el sonajeo de la camioneta que temblaba sobre la terracería, frenó Raúl, justo antes de las 7:00 am, y  bajo un árbol, que sólo da sombra, comenzó el trabajo de cuidar su trabajo.

Una parcela de 3 hectáreas con 70 áreas, algo así como 37 mil metros cuadrados,  es lo que vigila cada mañana este espantapájaros humano. Su objetivo no es otro que cuidar el trigo que sembró en diciembre, para que no vaya a ser comido por los pájaros que rondan sobre éste.

“Hoy me ganaste”, se escuchó a lo lejos la voz de otro pajareador, vecino de parcela y hombre de 73 años, bajó de una bicicleta y se fue atando un pañuelo rojo en el cuello, para quemarse menos con los rayos del sol. Le dicen “Mingo” y desde niño acompañaba a su abuelo a “echarle un ojo a la siembra”.

"Los espantapájaros no sirven, adornan la labor por un rato, pero si quieres que salga la cosecha tienes que ponerte listo y ponerte a hacer tu trabajo", dice Mingo, el mismo que cuando era niño vistió al viejo espantapájaros que se  destiñó por el sol entre los trigales

“Los espantapájaros no sirven, adornan la labor por un rato, pero si quieres que salga la cosecha tienes que ponerte listo y ponerte a hacer tu trabajo”, dice Mingo, el mismo que cuando era niño vistió al viejo espantapájaros que se destiñó por el sol entre los trigales

“Los pájaros nunca descansan y tengo que llegar antes que ellos, si me duermo de más acaban con la cosecha de este año, eso sí, hay días que hay más pájaros, otros menos, de ahí depende con lo que los vaya a espantar, si hay muchos con un cuete o un disparo vuelan pronto, si son menos y me quedan cerquita me los descuento con la honda…” Platicó Mingo, arreglándole el sombrero a quien lo suple en su ausencia, un espantapájaros de trapos viejos que se para desde hace años en la equina de la labor, vigilándola siempre, sea cual sea su cultivo.

Como siempre, llegaron puntuales, a partir de las 7:00 de la mañana, gorriones con plumas grises, amarillas y difuminados en negro, volaron ese día en parvadas hambrientas, para cazar los granos que se sirven en espigas de trigo. Nada se colorea más rápido que las labores amarillas de trigo, justo cuando los pájaros aterrizan en las espigas, como aeroplanos livianos y con la fuerza de un torbellino.

Raúl tiró un disparo al aire y el revoloteo de alas se esfumó rápidamente, pero se escuchaba con fuerza el canto asustado de los pájaros que se alejaban de las espigas, se desprendieron varias plumas y cayó uno que otro cuerpo sin vida de aves con mala suerte.  No era día de fiesta, pero los cuetes se escuchaban también en las parcelas vecinas, con el transcurso del día el trinar de las aves se volvió menos fuerte y a los “pájaros perdidos”, esos que se quedaron atrás de su parvada, les tocó ser asustados con la honda, una tira de cuero con dos correas y que sirve como catapulta de piedras. Raúl la sacudió con fuerza, hasta marear a la piedra y arrojarla lo más alto y lejos que pudo, se perdió en el aire hasta que cayó y, de entre las espigas, volaron 4 ó 5 gorriones.

Ya para las 2:00 de la tarde y con la frente bañada en sudor, los pajareadores recogieron todo, les tocaba comer a ellos, los pájaros no volverán hasta el día de mañana y, por mientras, el trigo puede quedarse solo…

“Ser pajareador tiene su trabajo, no es nada del otro mundo, pero sí hay veces que te entra el sentimiento por los pobres pájaros, ellos tienen pues su instinto y ¿Uno qué hace? Pues nomás cuidar la siembra como se pueda”, para Raúl este trabajo cubre una necesidad de su trabajo: El cuidado de la siembra.

“Pajarear” así es como llaman a este oficio, un oficio con el que Raúl no gana nada, sino hasta el día de la cosecha, el día de las cuentas, cuando se sabe quién ganó más semillas: él o los gorriones de pecho amarillo.

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Un país de niños grandes

Por Leticia Rivera

Sí, lo recuerdo bien, mamá encendía la luz de la habitación, se sentaba sobre mi cama y comenzaba a cantar canciones improvisando con mi nombre; tomaba las calcetitas caladas que yo había dejado a la orilla de la cama por la noche y, antes de ponérmelas, las frotaba entre sus manos para calentarlas. Yo aún no abría los ojos, me aferraba al sueño y a la almohada estando ya despierta – a la fecha me sigue costando trabajo asimilar ese arrojo apresurado de la cama al mundo todas las mañanas- de a poco, mamá me convencía y yo terminaba frente al espejo vistiendo un uniforme azul marino con corbatín y el cabello recogido para el lado izquierdo.

Hoy salí de casa sola. Ya no tengo siete años y me sigue poniendo nerviosa el primer día de clases.

Uno sabe que se aproxima a una escuela porque unas cuadras antes de toparse con ella empiezan a desfilar por ambas aceras los suetercitos color verde, azul marino, blanco o rojo. Sobre las calles empinadas van los niños de dos en dos, en grupos,  de la mano de su hermanita, de las faldas de mamá, solos.

A media hora del cruce de Periférico Sur y la avenida Mariano Otero, en la zona metropolitana de Guadalajara, Jalisco, se encuentra la colonia  “Lomas de la primavera”, la cual satisface el imaginario colectivo de quien ve la periferia de la ciudad como un lugar lleno de carencias, falto de todo.

Leonel y sus amigos durante el recreo jugando “18 ayúdame”

Leonel y sus amigos durante el recreo jugando “18 ayúdame”

A las 8:00 de la mañana suena el timbre de la escuela. Ya es tarde, los hermanos, Leo y Paty, van corriendo de la mano, bajan desde una de las casitas sin número que están sobre la calle de la escuela. Hace tres días que el mayor de ellos viste la misma sudadera sucia, llena de mezcla y tierra. La niña es sólo unos centímetros más pequeña que el niño…Hoy tampoco desayunaron.

Leo se sienta frente al pizarrón, cerca del escritorio de la maestra, no es de los que suele levantarse de su silla durante la clase, fuerza un poco la vista y copia los ejercicios del pizarrón en su cuaderno. Le gusta dibujar, el pollo rostizado y su caricatura favorita es Bob esponja, es callado y a veces sonríe cuando sus compañeros hacen algún chiste. Le faltan dos dientitos, pequeños como él, no pasa del metro con veinte centímetros de estatura, tiene once años y por la mañana cursa el quinto año de primaria en la escuela Manuel Gómez Morín, por las tardes trabaja en la construcción con un amigo de su papá.

–Un día me dijeron que si quería ganar dinero, empecé cuando tenía como diez años. Hago la mezcla, les ayudo a los albañiles a cernir y a llevar cosas de un lado para otro. A veces, sí me canso y me aburro, porque yo quiero jugar o ver la tele, pero gano dinero y se lo doy a mi mamá, sólo por eso me gusta trabajar.

Leo sale de clases a la 1:30 de la tarde, se dirige a su casa, la cual está a sólo unos metros de la escuela. Entra, deja la mochila enorme que, de espaldas, sólo deja ver la mitad de su cuerpo, ¡Ahí va la cabecita morena subiendo la calle empedrada! Come algo mientras ve la televisión y tres días a la semana, con un tono muy propio, avisa a sus dos hermanitos que va a trabajar.

–Ahorita no trabajo lejos, por eso me voy solo, hay días que vienen por mí desde temprano, pero eso es casi siempre los sábados y domingos; cuando sí me llevan lejos vienen por mí.

Llegando a la construcción, Leo saluda con familiaridad a los demás trabajadores, dice que son sus compañeros y que casi nunca lo regañan, toma con naturalidad las palas y va de un lado a otro como cualquier hombre ocupado. A veces se distrae y cuando le ordenan reanudar el trabajo, sonríe con esa sonrisita sin dos dientes de frente.

–El amigo de mi papá me enseñó a hacer las cosas, no es difícil, sólo tienes que poner atención y no cansarte. Yo sí me canso. Lo más difícil es hacer la mezcla.

–Me han pagado hasta setenta pesos–, dice Leo con orgullo. –Cuando me dan mucho dinero me quedo como quince pesos para comprar papas, también lo guardo para las maquinitas. Pero casi siempre le doy todo a mi mamá, porque hace falta dinero en la casa, aunque sea veinte pesos…Casi siempre me pagan eso.

El padre de Leo trabaja como vigilante en una cadena de supermercado y la madre hace poco comenzó a trabajar como mesera en un restaurante.

–Yo no soy como mi papá, a mí sí me gusta trabajar. Él se levanta tarde a propósito para que lo regresen a la casa–, dice el niño.

Leo tiene bajo rendimiento escolar, problemas de concentración y dolores de cabeza recurrentes debido a la mala alimentación. Su maestra dice que va mal en la escuela, quizá repruebe quinto grado. Pocas veces lleva la tarea, casi nunca el material de trabajo y nunca lleva almuerzo.

–La situación de Leo es muy difícil, es un niño que necesita cariño, atención, cuidados. Llega sucio a clases, con sueño, enfermo…No lee ni 100 palabras por minuto. Y pues, las letras no entran en las pancitas vacías–, dice la maestra Romero.

Los datos

El artículo 123 constitucional señala que en México se prohíbe que los menores de catorce años desempeñen actividades laborales. Según cifras del INEGI, en 2009,  la población de menores laborando en México alcanzó las 3 millones 14 mil 800 personas de 5 a 17 años, de los cuales 67 por ciento son niños y 33 por ciento niñas.

Entre las principales causas por las que un menor de edad trabaja, destacan, en primer lugar, la necesidad de otro ingreso en el hogar; segundo, para pagar los estudios y gastos propios del menor; y tercero, para aprender un oficio.

Jalisco se encuentra en el tercer lugar a nivel nacional en trabajo infantil. Según una nota publicada este año por el Diario La Jornada, “En Jalisco, 145 mil niños y adolescentes de entre 5 y 16 años de edad trabajan en comercios, como jornaleros agrícolas e incluso en el sector de servicios”.

145 mil niños grandes, como Leo, trabajan en Jalisco y en el panorama actual se podría decir que él es afortunado, ya que en México y países de América Latina la mayoría de los niños que trabajan tienen que abandonar los estudios. Él aun va a la escuela y no es explotado.

***

La casa de Leo es pequeña, duerme en un cuarto con sus dos hermanitos. Dice que va a seguir trabajando para construirse una casa de dos pisos, piensa que no es difícil ahora que  ha aprendido el trabajo de la albañilería.

Hace unos días durante el recreo Leo me comentó que ya no quiere ser niño, él siente la preocupación que a muchos a penas nos pasa por la cabeza al llegar a la mayoría de edad, le urge ganar dinero, quiere que su familia esté feliz, no quiere parecerse a su padre, quiere tener una limusina para pasear, quiere estudiar la universidad, quiere ser militar y quiere cenar su platillo favorito esta noche: pollo rostizado.

Un viaje a “El mundo Feliz”

Por: González Reséndiz Israel de Jesús

Justo tuve que recorrer  la carretera libre que conecta las poblaciones de Ocotlán con Zapotlán del Rey,  mismos caminos que he recorrido tres años de mi vida, pero que sin embargo, aún no dejan de sorprenderme las anécdotas con las que te puedes encontrar;  como una manada de vacas o cabras recorriendo el camino junto a tu vehículo, como si se tratara del más salvaje safari en el Serengeti, procesiones religiosas y funerarias, aunque es difícil saber cual es cual, ya que ambas se festejan del mismo modo, es decir, a los santos y difuntos se les recibe y se les despide con música de banda, pirotecnia y baile.

El camino te invita a recorrer las diferentes poblaciones de los grandes municipios, mismas que aún conservan muchas de sus tradiciones y su folclor, pero, que sin embargo, deben buscar la forma de subsistir.

Este es el caso de Rancho Nuevo, una pequeña población perteneciente al municipio de Zapotlán del Rey, pueblito de no más de 500 personas, con sus no más de 6 calles, pintorescos escenarios naturales, y diría un famoso cartero: “con sus crepúsculos arrebolados”, en donde ganado y personas se invitan a cenar mutuamente, no obstante, es justamente aquí donde las oportunidades de progreso parecen brillar por su ausencia, en donde las estadísticas, que indican un claro rezago educativo,  tienen su mayor aportador y devora a la población, prueba de ello es que de las 500 personas de todo el pueblo, sólo 2 cuentan con un título universitario y sólo 1 está ejerciendo su profesión.

Esta singular situación ha llevado a los pobladores a buscar de cualquier manera la forma de manutención de sus familias y de ellos mismos, es por eso que en Rancho Nuevo puedes encontrar personas que venden calzado de lunes a viernes y tacos los fines de semana, otros más venden la leche de sus vacas y las vacas mismas cuando la necesidad aumenta, borregos, cabras, gallinas, pollos, perros dálmata, raspados de diferentes sabores, cocos fríos, recargas electrónicas para celular, gelatinas, miel de abeja, cursos de belleza y corte de cabello, cursos para auto-maquillarse, legumbres y frutas, hamburguesas, hotdogs, todo esto producido y mercado ahí mismo.

En cuanto a particularidades y excentricidades, este es el turno del negocio llamado “El mundo feliz” manejado por 3 de las 6 hermanas González Espejo, obligadas, como muchas otras mujeres lugareñas, a buscar la forma de progresar y ganarse la vida, ya que carreras técnicas en computación, enfermería y puericultura parecen no ser suficientes para esta exigente región, sin embargo las diferentes habilidades naturales y adquiridas a lo largo de los años han llevado al trío de mujeres a complementar su micro negocio y encontrar la forma de llevar ingresos económicos a casa en forma de las figuras de cartón que usted se pueda imaginar.

Loreley rodeada de algunas de sus creaciones en el "Mundo Feliz"

Loreley rodeada de algunas de sus creaciones en el “Mundo Feliz”

¿Qué tienen en común el diario de hace más de un año, los catálogos de ofertas de las grandes cadenas comerciales, el atalaya de los testigos de Jehová , la servilleta de las tortillas, cajas de cartón, taparroscas de botella, engrudo, silicón, cartoncillo, hojalata, pintura y papel multicolor? Para la mayoría de personas, estos objetos son sinónimo de basura y desperdicio, pero para el trío de hermanas González Espejo,  éstos son los ingredientes necesarios y únicos para comenzar a crear uno de sus divertidos y novedosos productos, que combinados ingeniosamente dan vida a una de las famosas piñatas o disfraces que representa una ganancia neta de 1800 pesos al mes.

Fue hace 6 años que comenzó a andar el negocio, al principio sólo tenían ventas mínimas de piñatas que costaban 10 pesos y eran vendidas a los niños de la localidad tan sólo para jugar, posteriormente el negocio fue creciendo al recibir pedidos de piñatas especiales, es decir,  con figuras de personajes conocidos, por lo que los precios y las ganancias fueron aumentando hasta tener un estándar, piñatas desde los 10 pesos hasta los 120 pesos están disponibles para,  como dicen ellas: “las muelan a palos y no se pierda la tradición”.

Sólo es necesario observar el personaje y poner en acción el ingenio y las ganas para trabajar en esto, prácticamente las posibilidades son infinitas a la hora de la creación y confección de una de estas obras maestras de papel y engrudo, así también representan un negocio redondo para las hermanas, ya que el costo real de sus coloridas piñatas es de 20 pesos o menos y de un disfraz de papel completo para niño es de 30 pesos y de tela 100 pesos.

Las piñatas y los disfraces no sólo se han quedado en la pequeña población zapotlence, el ingenio y la calidad de las piñatas han atraído a personas y proveedores de dulcerías de Ocotlán y Poncitlán, otros más las han llevado a comercializarse en Michoacán, Guanajuato y Monterrey, incluso a Estados Unidos.

En el “Mundo Feliz” prácticamente todo se puede hacer de papel, es un mundo en donde todo parece ser posible, un lugar muy colorido, alegre y apacible en donde sus tres creadoras son felices tanto por las ganancias, las reacciones de los niños y por supuesto por mantener vigente la tradición de las piñatas.

El gran viaje de la pandilla

Por: Isrrael de Jesús Gonzáles Reséndiz

La jornada recién comenzaba para las personas de un pequeño poblado a las afueras de Zapotlán del Rey, me refiero a una población llamada Rancho Nuevo, de no más de 500 habitantes, las personas comenzaban a hacer sus actividades cotidianas, como lo son: ordeñar a las vacas y preparar las cantaras llenas de leche para su venta, llevar a moler el maíz, para posteriormente hacer las tortillas hechas a mano y cocinadas a fuego con leña seca recogida en el cerro, las jóvenes madres se apresuraban a llevar a sus hijos a la pequeña escuela rural conformada, por apenas, cuatro salones.

El sol comenzaba a salir por el horizonte cuando los interesados formaban filas para asistir a una cita en el pueblo, lucían sus mejores ropas, el mejor sombrero, el bordón de lujo y los infaltables anteojos necesarios para mejorar la visión; ellas se tiñeron el cabello días antes para lucir aun más bellas, más jóvenes.

El ambiente es frio, un frio que para muchos de ellos les cala hasta los huesos y la peor de las desgracias es que les “agarre la garraspera”, frio que antes, en su juventud les hacia “lo que el viento a Juárez”; sin embargo, el ambiente es festivo, optimista, diría yo, amigable entre ellos.

Yo era el único integrante del grupo menor de setenta años de edad, pero a ellos no parecía importarles y me adoptaron como uno más de los suyos.

Faltando 15  para las 9 de la mañana, sólo faltaba un integrante del numeroso y alegre grupo que conformábamos, ere “don Chepe”, un hombre pionero en el pueblo, él, a sus noventa y seis años de edad sale a la calle con su andadera gustoso para recibir su ayuda gubernamental.

Es de alarmarse que ninguno de sus familiares los acompañaba, iban solos, nos abandonaron, decían ellos, se apoyaban entre sí, “somos todo lo que necesitamos”.

Minutos después de las 9 de la mañana, a la orilla del pueblo, divisamos el autobús que nos llevaría a nuestro destino, mismo transporte que hacía ver la barcaza del mítico Caronte como una limosina de lujo, se trataba de un autobús de modelo atrasado, “más viejo que yo, decía don Jesús de ochenta y seis años, y no estaba tan alejado de la realidad.

El simple hecho de subir al precario vehículo para muchos de ellos era toda una proeza, me vi obligado a ayudar a varios de mis nuevos amigos a abordar la unidad, después de todo, era lo mínimo que podía hacer por aceptarme en “la gran pandilla”.

Ya arriba del autobús, los asientos de plástico rígido eran todo lo contrario a la definición de comodidad o ergonomía, y las condiciones de la cinta asfáltica del camino hacían más tortuosa la travesía hacia el pueblo, no era mucha la velocidad que alcanzaba nuestro transporte, pero aún así, el aire frío se colaba por las múltiples ventanas rotas o empaques burdamente colocados, o simplemente no embonaban correctamente, por lo que hacía que muchos de mis compañeros de aventura comenzaran a toser y estornudar.

Nuestra llegada a Zapotlán del Rey se vio interrumpida por las obras inconclusas de la avenida principal, por lo que nos vimos obligados a peregrinar por las calles secundarias del pueblo, que en total eran cuatro cuadras, pero que para la pandilla era toda una “chinga pa´ las rodillas”.

Al llegar a la plaza del pueblo, la muchedumbre proveniente de las diferentes rancherías del municipio hacían filas frente a escritorios llenos de papelería oficial y aburridos burócratas, habían encargados de acomodar a mis compañeros en un orden que desconozco, porque los movían de atrás para adelante y viceversa, no importándoles, que para muchos de ellos, el levantarse de sus asientos involucrara  un esfuerzo mayúsculo.

Podíamos oler el aroma de los churros y las carnitas del “Mingos” “no podemos esperar más para gastar lo que nos den en un kilito de carnitas y un queso”,  dice don Raúl de 75 años.

Era medio día, el frío se había transformado en un calcinante calor, fue entonces cuando comprendí el uso del mejor sombrero que se tenga; y del dinero, nadie sabía nada, el aburrimiento y la desesperación se apoderaron de nosotros, y cuando todos teníamos la mirada baja, escuchamos:

“Fórmense porque ya les vamos a entregar su ayuda”

Los ánimos regresaron a nuestros cansados cuerpos.

40 minutos después del aviso, el ultimo de la pandilla recibía sus correspondientes 1,050  pesos bimestrales. Era la 1:45 de la tarde, por lo que nos tocó repetir el cansado camino de regreso a Rancho Nuevo, en el autobús de las 2, cargados de dinerito y comida regresamos triunfantes y orgullosos a nuestro lugar, éramos ganadores.

En la bajada del autobús y entre bromas, sólo deseábamos volvernos a ver todos de nuevo para compartir aventuras,  aunque sea una vez cada dos meses, y entre los murmullos  se escuchó a doña Josefina de 83 años decir: “Nos vemos, antes de que la flaca nos recoja de uno en uno”.

El hombre que es invisible los sábados, la injusticia de Celanese

Por: Eduardo Cuevas

Eliseo Pérez López es un ciudadano ocotlense nacido el 23 de abril de 1942. Desde pequeño, ayudó a su padre en las labores de la tierra, ya que éste era campesino. A la edad de 17 años, ingresó a la academia de Beatriz González Amezcua (BGA), en la cual, estudió comercio y se graduó como taquimecanógrafo corresponsal. Fue entonces cuando presentó su solicitud de empleo en la fábrica Celanese, ubicada a las afueras de la ciudad de Ocotlán, Jalisco, de donde más tarde lo llamaron a trabajar.

El 10 de enero de 1960, Eliseo entró a trabajar en la empresa como mensajero. En dicho puesto, su labor consistía en entregar y recoger la correspondencia de toda la planta. Después, fue transferido al departamento de personal, donde laboró cuatro años, ahí llevaba el control de los archivos de todos los trabajadores, tramitaba las altas y bajas al Seguro Social, así como también las extensiones de contratos. En el año de 1963, pasó a ser obrero en el departamento de extracción y enrollado de nailon, en donde trabajó hasta el 25 de enero del 2001, el día de su despido.

La empresa comenzó a correr a la mayoría de sus trabajadores con la excusa de que cerrarían; pero, actualmente, sigue operando. De todos los liquidados, un grupo de entre 130 y 150 trabajadores, aproximadamente, eran mayores de 50 años y/o tenían mucha antigüedad en la fábrica y fueron indemnizados de manera distinta al resto: se les dio una liquidación equivalente a cuatro meses más 30 días por año trabajado con el salario tabulado, el cual es el salario base pero sin prestaciones. A los demás trabajadores se les dio lo mismo, pero con el salario integrado, es decir, el sueldo base más todas las prestaciones (tiempo extra, vacaciones, aguinaldo, bonificaciones). Por lo anterior, Eliseo y sus compañeros levantaron una demanda laboral a las Juntas Federales en Guadalajara, la 17 y 18, pero sin obtener resultado positivo.

Desde su despido, Eliseo tuvo que esperar dos años para jubilarse por cesantía y edad avanzada, en dicho lapso, se gastó el dinero recibido por su liquidación. A pesar de la situación, no guarda ningún tipo de rencor u odio hacia la empresa, incluso recuerda con nostalgia su estancia en ella: “Yo no estoy en contra de la empresa, fue una cosa muy bonita, 41 años que estuve laborando. Nunca tuve una enfermedad, un permiso, una incapacidad, ni una falta, puros años perfectos. Yo estuve muy a gusto en Celanese, la mayoría, pero ya al último nos salieron con esto y ya fue cuando estuvimos inconformes, ¿por qué a unos sí y a otros no?”.

Han pasado más de doce años y, desde entonces, del grupo inicial, sólo seis personas siguen luchando por la causa. Desde el 2001 y hasta la fecha, cada sábado se plantan con mantas frente a la Celanese, con la esperanza de que la empresa les ofrezca algo o para que la gente los apoye, sin embargo, los sábados de 11:00 de la mañana a 2:00 de la tarde, para la empresa y para la gente; junto con sus compañeros, Eliseo Pérez López, es invisible.