Osos de peluche salidos de una pesadilla

Por Jaime Noyola

El rey de los juguetes apareció por primera vez en 1902, cuando el presidente estadounidense, Theodore Roosevelt se negó a dispararle a un oso durante una cacería. Este hecho inspiró al vendedor de juguetes de aquella época, Morris Michtom a crear un juguete nuevo, que sin saberlo, estaba creando un juguete que sería un éxito mundial hasta el día de hoy: “El osito Teddy”, nombrado así en honor al presidente Roosevelt.

José Vázquez es fabricante de osos de peluche desde hace 4 años, pero sus productos difieren totalmente de aquel oso que hiciera felices a los niños de 1902, pues son el tipo de juguetes con los que los pequeños desearían no cruzarse jamás, figuras de peluche que rompen con la imagen tradicional del juguete tierno. Osos salidos de una esponjosa pesadilla.

Peluches alternativos”, reza un letrero en uno de los puestos del tianguis cultural de Guadalajara; pero no es el letrero lo que llama la atención, sino los diabólicos productos en venta: osos de diferentes tamaños y colores, con ojos de un intenso color rojo, garras enormes como si en algún momento fueran a lanzarse al ataque y cuernos que representan lo maligno.

José, menciona que sus osos son únicos y originales: “La idea surgió de unas playeras que traíamos de México y los estampados de las playeras traían osos con garras y pues de ahí se me ocurrió la idea”.

Son pequeños, esponjosos y diabólicos, el regalo perfecto para la novia, amiga, esposa o hijos Fotografía: Jaime Noyola

Son pequeños, esponjosos y diabólicos, el regalo perfecto para la novia, amiga, esposa o hijos
Fotografía: Jaime Noyola

Hay una gran variedad de osos de peluche y los precios van desde 50 a 300 pesos, dependiendo del oso. Son llamativos y algunas personas los miran con detenimiento al pasar, aunque algunas otras evitan mirarlos pues los consideran desagradables. “La opinión de las personas es diversa, a algunos no les gustan nada, dicen que ‘qué macabros’ o ‘los osos no deben ser así’ rompen con la imagen tradicional del oso de peluche”, comenta José.

Pese a la imagen distorsionada de un juguete dulce, José ha sabido mantener muy bien el equilibrio entre lo bonito y lo malvado, pues algunos osos, a pesar de ser diferentes, continúan con sus características que los hacen tiernos, es por esto que los jóvenes los adquieren con el motivo de regalarlos.

José es el único fabricante de los “Peluches alternativos” a nivel nacional, por eso, algunas personas le piden osos personalizados o únicos, incluso hay quienes le llevan osos de peluche normales para que José les haga modificaciones.

José Vázquez dice que cuando más se venden los osos es en navidad, el 14 de febrero y las vacaciones largas. Incluso algunas personas compran uno cada semana, y otras más los coleccionan.

Sean feos, lindos o malévolos, los “Peluches Alternativos” son únicos y originales, demuestran una vez más que es posible dejar de lado lo convencional y encontrar cosas diferentes, son el ejemplo de que las cosas hermosas, pueden ser diferentes sin dejar de ser hermosas.

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Ocotlenses sin hábito de lectura de libros: dueños de librerías

Revistas de espectáculos y libros que les encargan en los centros educativos son los más buscados

Por: Marcelo Ramírez Herrera

En el último censo de población y vivienda que realizó el INEGI en el 2010, salió a relucir que la ciudad de Ocotlán tiene un aproximado de 93 mil habitantes, donde solamente seis son capaces de comprar un libro por semana.

“Es muy difícil vender un libro en Ocotlán, porque aquí la gente no tiene la cultura de leer ni tiene las condiciones”, dijo Hugo Lares, propietario de una de las cuatro únicas librerías que tiene la ciudad.

De acuerdo con Lares, otro factor que también perjudica es que la gente no está dispuesta a pagar lo que vale un libro: “La gente no tiene el hábito de la lectura, con decirte que el otro día entró una mamá con su hijo y el niño tomó una revista y le dijo a su mamá: ’¿Me lo compras?’, y su mamá con un tono de voz fuerte le dijo:’ ¡No, porque tu ni sabes leer!’. Yo creo que eso también es determinante y puede condicionar al niño para que no le tome cariño a la lectura”.

Los libros se venden sobre pedido, los pocos compradores buscan textos de superación personal o libros que les encargan en las escuelas. Lo que más se vende en el puesto de Lares son revistas de farándula: “Las revistas de mitotes como: TvNotas o Mi Guía son las más vendidas, a la semana ando vendiendo 500 ejemplares de este tipo y, en cuestión de periódicos a nivel estado, el más vendido es el Mural con 100 ejemplares diarios y a nivel municipal el que más vendo es El Faro con 50 ejemplares a la semana”.

Para Jesús Pérez, dueño de otra librería en Ocotlán, el negocio no está en la venta de libros, sino en la venta de revistas de espectáculos: “Es increíble que la gente no esté dispuesta a cultivar su mente y prefiera comprar una revista semanal de 25 pesos con un pésimo contenido y no un libro. Si hacemos cuentas con lo que gasta al mes de pura revista se puede comprar un buen libro”.

Las tiendas de autoservicio son otros establecimientos que también tienen la venta de libros. Juan Sánchez, Gerente General de Aurrera en Ocotlán, dijo: “En esta sucursal lo que más se venden son cuentos infantiles con 44 ejemplares por semana y cinco recetarios vendidos por semana. Depende mucho de la época del año”.

En Ocotlán, la oficina de Padrón y licencias tiene solamente cuatro permisos con el giro de librerías.

No siempre en el mar la vida es más sabrosa

Por: Luis Botello

Como una ola, profunda, nunca eterna, inevitable y serena; la vejez coloreará sus cabellos como el mar escribe su blanca espuma.

Sólo huellas imperfectas en la caliente y abrillantada arena del mar, es lo que acompaña al señor Librado.

El año que lo vio nacer fue el 1925, el día y mes no los recuerda, se le olvidaron, los perdió, quizá en el mar, o la edad le rebató un pedacito de memoria. No sabemos si el viento algún día lo descifre secretamente; pero sí se percibe esa gota que va rodando, ajena, por su mejilla sin llanto, esa gota, la misma brisa fuerte del inmenso mar.

Don Librado, vendedor de papalotes y baldes en Mazatlán, Sinaloa. Foto: Luis Botello

Don Librado, vendedor de papalotes y baldes en Mazatlán, Sinaloa.
Foto: Luis Botello

Librado Jiménez, de 88 años de edad, originario del estado de Puebla, México; se dedica a vender papalotes y baldes para hacer castillos de arena. Él, con su camisa de rayas, sombrero playero, huaraches desgastados por el día a día, y los pasos sumergidos por el peso de los años, lo obligan a luchar por sobrevivir, como el mar lucha incesante, al igual lo hace Don Librado.

El señor, vende papalotes y baldes en la zona dorada de Mazatlán, Sinaloa, lugar donde es más redituable su mercancía, porque aumenta el valor de todas las cosas en el margen de esa área.

La ciudad de Mazatlán, es también conocida como “La Perla del Pacífico” por el clima cálido, el mar, su gente, sus riquezas naturales y sus paradisíacas playas. El turismo y la pesca son las principales industrias de Mazatlán, así que esta ciudad alberga a Librado Jiménez, y las curiosidades que él vende.

La palabra “papalote”, se utiliza en México y es sinónimo de cometa, (volantín, hablando del juguete que vuelan los niños). Papalote, deriva de la palabra en náhuatl “papalotl”, que significa mariposa.

Librado, de todos los vendedores de esa área, es el más grande de edad, camina lento, su flaca voz le impide anunciar con fuerza sus baldes coloridos y sus cometas listos ya para volar, volar en los sueños y volar en las manos de un niño.

El señor de tez morena, de rostro flagelado por la necesidad y los años, está dispuesto a caminar el último camino transitable, de la vida a la muerte; sus pasos quedarán sellados con las huellas en la arena, que obviamente el mar borra constantemente, como si fueran los pasos de nadie que dan felicidad a todos los que compran sus objetos.

Niña de 3 años, vuela un papalote que sus padres compraron al señor Librado Jiménez. Foto: Luis Botello

Niña de 3 años, vuela un papalote que sus padres compraron al señor Librado Jiménez.
Foto: Luis Botello

Librado vive en el centro de Mazatlán, en casa de una hija que falleció hace meses, trabaja diario, dice que no ve ni fiestas ni descansos, toma un camión de su casa hacia la zona dorada, mejor conocida como: El Mazatlán Nuevo, cruza un estrecho camino pegado a un río para poder llegar a los hoteles, donde hay más turistas.

El señor le gana el doble a cada objeto que vende, los papalotes cuestan 50 pesos, tiene variedad en colores y formas, y el diseño más vendido es la réplica de los “parachuteros” o paracaidistas. Los baldes para crear figuras y castillos de arena los vende a 30 pesos, dice Don Librado “lo que gano me lo como”, las ganancias sólo le alcanzan para comer, aunque lleva 40 años dedicándose a vender cometas para volar y baldes para crear.

Más vale cosecha en mano que pájaros rondando

Por: Mayra Alejandra López López

De diciembre a mayo, seis meses en los que en la región Ciénega estado de Jalisco, se siembra y cultiva trigo, periodo en el que, además, se realiza el pajareo, actividad hecha por los “pajareadores”, hombres que velan por el cuidado del trigo  convirtiéndose en espantapájaros por temporada.

Raúl Valdivia, hombre de 40 años, es habitante de Jamay, Jalisco, y hace más de 20 años que su papá le enseñó el oficio del pajareo…

Con el canto grabado de un gallo, sonó la alarma que lo despertó justo a las 5:30 de la mañana, de lunes a domingo no cesará de sonar a la misma hora durante los meses de abril y mayo; era lunes y se puso unas botas ya desgastadas y con las suelas vestidas de lodo que lo esperaban en el suelo, junto a una de las patas de su cama.

Su caminar desvelado comenzó a erguirse con sorbos de café, ya para las seis de la mañana el humo del escape salía como vapor mientras el motor se calentaba, de una camioneta de redilas, verde y vieja. El hombre, inició su viaje con el sol que encandilaba fuertemente el frente de la camioneta y en la parte trasera ya iban viajando: casangas, botas de hule, cuetes, carabinas, hondas y una que otra botella de caguama “para el calor”, como dijera Raúl Valdivia, el protagonista de esta historia…

“Nací en una familia de campesinos, dedicados a labrar y cultivar la tierra”,  tierra, que por débil que parezca, ha sido la base económica de la familia Valdivia por más de tres generaciones.

Un camino pedregoso y angosto abrió paso al campo, ahí donde se marca la frontera entre el pueblo y las parcelas de algunos del mismo, mirar por la ventana hacia afuera se volvió la atracción principal y respirar el aire, de ese, del que aún huele a limpio, se convirtió en la mejor compañía.

Son veinte minutos los que se hacen de camino, quince de ellos donde lo cotidiano deja de serlo un poco, donde los saludos de “buenos días” quedan de lado y los “¡Ucha Vaca!” van sonando al compás de los mugidos de las reses que se cruzan en el camino.

Los burros, patos, toros, caballos, gallinas, chivas, puercos y perros, tampoco dejaron de adornar el trayecto que iba siendo rayado con un hilillo de humo que salía  por la ventanilla  de la carcacha; y cayó, sobre los terrones sueltos, la colilla del cigarro del pajareador en marcha.

Con el volante bien sujeto con ambas manos y el sonajeo de la camioneta que temblaba sobre la terracería, frenó Raúl, justo antes de las 7:00 am, y  bajo un árbol, que sólo da sombra, comenzó el trabajo de cuidar su trabajo.

Una parcela de 3 hectáreas con 70 áreas, algo así como 37 mil metros cuadrados,  es lo que vigila cada mañana este espantapájaros humano. Su objetivo no es otro que cuidar el trigo que sembró en diciembre, para que no vaya a ser comido por los pájaros que rondan sobre éste.

“Hoy me ganaste”, se escuchó a lo lejos la voz de otro pajareador, vecino de parcela y hombre de 73 años, bajó de una bicicleta y se fue atando un pañuelo rojo en el cuello, para quemarse menos con los rayos del sol. Le dicen “Mingo” y desde niño acompañaba a su abuelo a “echarle un ojo a la siembra”.

"Los espantapájaros no sirven, adornan la labor por un rato, pero si quieres que salga la cosecha tienes que ponerte listo y ponerte a hacer tu trabajo", dice Mingo, el mismo que cuando era niño vistió al viejo espantapájaros que se  destiñó por el sol entre los trigales

“Los espantapájaros no sirven, adornan la labor por un rato, pero si quieres que salga la cosecha tienes que ponerte listo y ponerte a hacer tu trabajo”, dice Mingo, el mismo que cuando era niño vistió al viejo espantapájaros que se destiñó por el sol entre los trigales

“Los pájaros nunca descansan y tengo que llegar antes que ellos, si me duermo de más acaban con la cosecha de este año, eso sí, hay días que hay más pájaros, otros menos, de ahí depende con lo que los vaya a espantar, si hay muchos con un cuete o un disparo vuelan pronto, si son menos y me quedan cerquita me los descuento con la honda…” Platicó Mingo, arreglándole el sombrero a quien lo suple en su ausencia, un espantapájaros de trapos viejos que se para desde hace años en la equina de la labor, vigilándola siempre, sea cual sea su cultivo.

Como siempre, llegaron puntuales, a partir de las 7:00 de la mañana, gorriones con plumas grises, amarillas y difuminados en negro, volaron ese día en parvadas hambrientas, para cazar los granos que se sirven en espigas de trigo. Nada se colorea más rápido que las labores amarillas de trigo, justo cuando los pájaros aterrizan en las espigas, como aeroplanos livianos y con la fuerza de un torbellino.

Raúl tiró un disparo al aire y el revoloteo de alas se esfumó rápidamente, pero se escuchaba con fuerza el canto asustado de los pájaros que se alejaban de las espigas, se desprendieron varias plumas y cayó uno que otro cuerpo sin vida de aves con mala suerte.  No era día de fiesta, pero los cuetes se escuchaban también en las parcelas vecinas, con el transcurso del día el trinar de las aves se volvió menos fuerte y a los “pájaros perdidos”, esos que se quedaron atrás de su parvada, les tocó ser asustados con la honda, una tira de cuero con dos correas y que sirve como catapulta de piedras. Raúl la sacudió con fuerza, hasta marear a la piedra y arrojarla lo más alto y lejos que pudo, se perdió en el aire hasta que cayó y, de entre las espigas, volaron 4 ó 5 gorriones.

Ya para las 2:00 de la tarde y con la frente bañada en sudor, los pajareadores recogieron todo, les tocaba comer a ellos, los pájaros no volverán hasta el día de mañana y, por mientras, el trigo puede quedarse solo…

“Ser pajareador tiene su trabajo, no es nada del otro mundo, pero sí hay veces que te entra el sentimiento por los pobres pájaros, ellos tienen pues su instinto y ¿Uno qué hace? Pues nomás cuidar la siembra como se pueda”, para Raúl este trabajo cubre una necesidad de su trabajo: El cuidado de la siembra.

“Pajarear” así es como llaman a este oficio, un oficio con el que Raúl no gana nada, sino hasta el día de la cosecha, el día de las cuentas, cuando se sabe quién ganó más semillas: él o los gorriones de pecho amarillo.

El sueño de un hombre aferrado a la tierra

Por: Marcelo Ramírez

En una ciudad que va creciendo día a día ya no es común ver dentro de la misma urbe terrenos que sean sembrados y cosechados. Salvador Villarruel, es un hombre que se aferra a su pasión y que a sus 80 años llena de verduras a Ocotlán, Jalisco.

Ha sido campesino toda su vida, es su pasatiempo favorito. Sus manos están curtidas, agrietadas y duras como la tierra. Su rostro refleja la experiencia que sólo los años pueden dar. Es un hombre, que según su hijo, no abandona sus pantalones de mezclilla, sus botas color café con la punta desgastada, su camisa a cuadros y su inseparable gorra.

Salvador Villarruel, a sus 80 años sigue con su sueño intacto

Salvador Villarruel, a sus 80 años sigue con su sueño intacto

“Don Chava”,  como le dicen sus amigos, lleva 30 años sembrando en un terreno de 3 mil 800 metros donde tiene construido un cuartito a base de tablas y un techo de lámina que le sirve como puesto para ofrecer su verdura. A su izquierda tiene como vecino una vieja vecindad, enfrente tiene una rosticería, a contra esquina una tapicería y a cada minuto es habitual ver pasar automóviles por la calle, pareciera que el señor Villarruel y sus verduras son lo único que no encaja en la foto del recuerdo.

Rábanos, cilantro, lechuga, betabeles, acelgas, maíz y pepinos son algunas de las verduras que, dependiendo de la  temporada, siembra en su terreno el señor Salvador.

-Mis clientes vienen porque saben que les ofrezco productos frescos y regados con agua de pozo, con agua limpia, agua que es buena para la siembra.

Sentado en una silla, que por su apariencia, puede ser la compañera del señor Villaruel en sus momentos de cansancio frecuentes de la edad, confiesa que hoy necesita comprar uno que otro producto a diferente proveedor, a gente que viene de Michoacán.

-Aguacates, mangos y una que otra fruta de temporada les compro porque aquí (Ocotlán) ya casi no hay gente que siembre y eso es lo que me preocupa porque antes, voltearas a donde voltearas podías ver terrenos donde se sembraba algo, ahora ves pura casa. Al rato eso es lo único que vamos a comer: ladrillos y concreto.

Uno, dos o hasta tres pesos son la diferencia que notan los clientes de “Don Chava” al comprarle.

-Conmigo son muy pocos los intermediarios y eso es una ventaja, por ejemplo: el manojo de rábanos lo tengo dependiendo del tamaño entre 5 y 10 pesos y en el mercado lo tienen al doble. Además, no hay máquinas que trabajen mis tierras, no les pongo ninguna cochinada química, le pongo puro abono y eso es otro ahorro tanto para mí como para el cliente.

Ahí, en ese cuarto “Don Chava” ofrece su mercancía al público

Ahí, en ese cuarto “Don Chava” ofrece su mercancía al público

En ese momento, con su mano izquierda acarició su barbilla y su mirada se fue perdiendo.

-Las ventas no bajan en este lugar,  pero tampoco creas que gano miles de pesos. Este negocio apenas me da para irla pasando, tal vez unos 300 ó 400 pesos diarios, porque esto es un proceso, no es nomás sembrar, se tiene que regar, cortar, lavar y ofrecer la verdura. En algunas partes del proceso ocupo la ayuda de mis hijos que no lo hacen de a gratis, les tengo que pagar.

Todos los días, de siete de la mañana a las dos o tres de la tarde “Don Chava” atiende su negocio con paciencia, tranquilidad y con una sonrisa en sus rostro.

El señor Salvador Villarruel seguirá sembrando y vendiendo lo que la tierra le dé hasta que muera, porque, según él, si para de trabajar en ese mismo instante muere.